"Es increible como se puede zafar de un uno con solamente decirle al profesor exactamente lo que quiere escuchar, aunque no sea correcto"; teoría que, afortunadamente, se me hizo posible comprobar en su breve práctica este lunes.
Claro, porque a la hora de religión nos dijo la profesora que iba a pedir a unos pocos al azar para que le entreguemos el recorte de diario que había que llevar. Sacó la lista y empezó la masacre. Le pedía a alguien que diga un número, entonces contaba en la lista y elegía a quien se lo iba pedir. Ese tenía que elegir otro número cualquiera, y así elegía el otro. Parecía una curiosa variante de la ruleta rusa.
Todos rezando porque no le toque, porque la vieja es un desastre; no evalúa según lo que estudiamos, sino según como lo explicamos nosotros.
No es nada fácil decirle algo que le guste. Y claro, ¿adivinen quién cayó primera?...
Voz de la profesora: "Mmmm....22... Flores, Macarena"
Hasta ahí, ningún problema. Pero, la ley natural de las cosas es que siempre tiene que haber una dificultad, algo que nos cague la vida hasta en lo más sencillo, y como es una regla inevitable, era también inevitable que se cumpliera en aquel momento. Claro, porque yo tenía el recorte de diario; lo había buscado aquella misma mañana, en la otra hora, en un diario que llevé preparado para el asunto (me acordé recién cuando me levanté a la mañana que tenía que hacerlo), y lo había puesto muy sutilmente entre las hojas del libro.
Lo que yo no sabía, era que había que resumirlo, opinarlo y entregarlo pegado en hoja tamaño carta.
Agarré el recorte lo más natural que pude, y no perdí la calma, para resignarme tranquilamente al posible 1 que me correspondía.
Entonces, mientras me paraba, fue cuando la señora le dijo a un amigo lo que me serviría de encubierto en aquella clase. No sé que le dijo el pibe que la antigua le dijo: "ah, muy bueno el recorte, pero si no lo leiste, no sirve de nada que lo hayas traido; ni aunque lo hayas resumido..."
"¡Pero profesora!" exclamé gentil pero elocuentemente, apenas termionó de hablar, fingiendo no haber escuchado su reprimenda a mi compañero. "Yo no hice el resumen, pero lo leí todo..."
(Alto bolazo, pero bueno).
"Si quiere se lo cuento", dije, para borrar la última sospecha de mentira que haya asomado a la mente de mi profesora.
"Adelante, venga y hábleme, entonces"
Me levanté, ante la mirada de cagazo y sorpresa de la rubia ojiazulada con la que me siento, que sabía perfectamente que ni lo había mirado.
Me puse al lado de la profesora y lo leí por arriba, antes de mirarla de nuevo a ella.
"Se trata de la elección del Papa nuevo (-tema que, por cierto no me interesa un CARAJO-), y de los candidatos; de que hay uno que no es conservador, y no lo quieren elegir por eso".
Tensos segundos de silencio.
"Y de nada más. De eso solo."
"Ajá... bueno, se ve que lo leíste (...) A mi criterio eso vale más que cualquier información que puedan sacar de Internet, por más que sean 30 hojas (...) Tomá asiento".
Y ahí, por suerte, terminó la historia. No es gran cosa, pero es curioso porque el año pasado me pasó algo parecido con la de literatura; había que leer un cuento cualquiera y exponerlo oralmente junto con lo estudiado; yo estudié pero me había olvidado de leer el cuento; pasé al frente y, sin otra salida, cuando me preguntó si había leído algo, le dije que sí, posterior a lo cual procedí a mandarle ALTO chamullo, desde el argumento del cuento, hasta el nombre del autor, los personajes, etc.
Pero bueno, no los aburro más.